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SEMBRAR PARA COSECHAR

Updated: Mar 9


Cuando un campesino siembra la semilla es totalmente consciente del hecho de que para que dicha semilla germine, crezca y de frutos le esperan algunos meses de mucho trabajo, deberá regar a diario, poner abono, limpiar y retirar las malas hiervas y plagas, podar cuando sea el momento, y si todo sale bien cosechará. Pero el campesino no puede controlar todos los detalles, no puede controlar el clima, el frío, el calor, lo único que puede hacer es dotarle a las pequeñas plantas de las mejores herramientas posibles para que ellas solas sobrevivan.


La educación de los hijos, o, mejor dicho, la formación de los hijos analógicamente se la puede comparar con lo que un campesino hace en su granja, cuidado diario, sin descanso, de lunes a lunes y de sol a sol, con mucho sacrificio, sin embargo no podrá evitar ciertos conflictos y tentaciones, que a lo largo de la vida se presentarán con toda seguridad.

Justamente la formación es un compromiso de por vida, que asumimos apenas sabemos que un hijo viene en camino, sin embargo, es muy difícil entender el alcance de esta responsabilidad y de la importancia que tiene en la vida de nuestros hijos, por supuesto nadie está preparado para este rol.


Los hijos no son máquinas que al comprarlas nos llegan con manual e instructivo de uso, muy por el contrario, aprendemos a caminar y a guiarlos a la par que ellos van creciendo. Este crecimiento cronológico requiere de muchos detalles, alimentación, vestimenta, medicinas, juguetes, zapatos, cariño, comprensión, firmeza y sobre todo sabiduría, en fin, muchos de estos se los puede comprar, y otros se los debe aprender.


Para completar esta tarea necesitamos tener claro que “queremos sembrar”, y que “podemos sembrar”, es decir, debemos aceptar que los padres también tenemos errores y limitaciones los mismos que al momento de formar tendrán un impacto determinante.

Los hijos necesitan tener un mapa definido, una guía clara no solo de normas sino de las metas y herramientas disponibles, parte de esas herramientas son las consecuencias de sus actos. Al hablar de consecuencias debo puntualizar que no es lo mismo que castigos, dicho de otra forma, a cada acto le corresponde una consecuencia, no un castigo.


Al hablar de castigos consideremos que en la gran mayoría de casos son impuestos a nuestro criterio y por lo general son desproporcionados y subjetivos, los castigos no aportan las herramientas que pretendemos enseñar, provocan un distanciamiento entre padres e hijos ya que los hijos lo perciben como injusto, además de prostituir las relaciones y la imagen de autoridad, los chicos aprenden a ser autoritarios y en algunos casos opresores.

Por el contrario, las consecuencias si aportan y forman ya que los chicos aprenden a concientizar que determinado acto trajo como consecuencia el resultado, la gran ventaja radica en que las consecuencias sirven tanto en lo que está mal así como en lo que está bien, también permite que los chicos tengan la oportunidad de comprender la responsabilidad de sus actos como suya propia y no la “endosan a quien infringió por autoridad el castigo”.


Los castigos son utilizados como herramienta de opresión y destruyen la autoestima, ya que someten nuestra voluntad y nos deshumaniza. La línea que divide castigo de consecuencia es sumamente delgada, por tanto, es muy importante no confundir el hecho de que no castigar significa no formar, la idea es que al enfocar nuestra labor correctiva desde las consecuencias estamos fortaleciendo la capacidad de nuestros hijos de aprender a ser responsables ya que ellos mismos deberán corregir y recuperar el rumbo. Los castigos son simplemente impuestos por la autoridad y son definitivos, no hay oportunidad de corregir.

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